La presentación de Casi nadie se conoce en la Universidad Tecnológica de Cancún fue una de las jornadas más significativas que he vivido como autor. No solo por la recepción del libro, sino por la manera en que la institución construyó el encuentro: con orden, cuidado, respeto por la palabra y una atención poco común hacia el diálogo literario.
Hay presentaciones de libro que se recuerdan por una frase dicha al final, por una pregunta inesperada o por el gesto discreto de alguien que se queda pensando después de escuchar. La realizada en la Universidad Tecnológica de Cancún tuvo algo de todo eso, pero además tuvo una virtud institucional que merece ser nombrada: fue una presentación organizada con seriedad, precisión y una hospitalidad académica muy difícil de improvisar.
Desde el inicio se notó el trabajo de Leyli Solís Frías, jefa de Servicios Bibliotecarios, cuya exigente organización convirtió el espacio en un recinto dispuesto para la conversación. Las sillas estaban en orden, el ambiente era formal sin volverse frío, y la logística permitió que la atención se concentrara donde debía concentrarse: en el libro, en las ideas y en los estudiantes.
También fue importante que la actividad no se quedara encerrada en el momento presencial. La Universidad Tecnológica de Cancún dejó registro público del evento en sus redes institucionales, algo que agradezco de manera especial porque no siempre una presentación literaria consigue esa visibilidad. Cuando una institución comparte una actividad de este tipo, ayuda a que la conversación siga circulando más allá del auditorio y permite que la literatura también ocupe un lugar en esos territorios digitales donde hoy tantas veces se decide qué permanece y qué desaparece.
Una presentación de libro en la Universidad Tecnológica de Cancún
Presentar Casi nadie se conoce en la UT Cancún fue, para mí, una experiencia especialmente valiosa. El libro, que reflexiona sobre el autoconocimiento, la confusión contemporánea, la identidad y las formas en que una persona puede vivir lejos de sí misma sin darse cuenta, encontró ahí un público atento, despierto y dispuesto a escuchar sin la prisa habitual de estos tiempos.
Asistieron también invitados externos, entre ellos la encargada de biblioteca de La Salle, además de autoridades y docentes de la propia Universidad Tecnológica de Cancún. La presencia del rector de la institución dio al encuentro una formalidad muy particular. No se trató únicamente de una cortesía protocolaria: se sentó a mi lado, acompañando la actividad junto con mi amigo Ariel Cov, subdirector de Bachilleres y copresentador del libro.
Ese tipo de presencia modifica el aire de una presentación. No por solemnidad vacía, sino porque confirma que la lectura todavía puede ocupar un lugar visible dentro de la vida universitaria. En una época donde tantos eventos culturales parecen luchar contra la dispersión, la UT Cancún ofreció un espacio donde el libro pudo ser tratado como algo relevante, vivo y necesario.
Apagar el ruido: una lectura desde la universidad
De manera especial, agradezco también que el Mtro. Enrique Baños, rector de la Universidad Tecnológica de Cancún, compartiera la presentación en su Facebook personal, acompañándola con palabras de reconocimiento hacia mi obra y con una reflexión sobre la importancia de apagar el ruido. Ese gesto amplió el alcance del encuentro y reforzó uno de los sentidos centrales de Casi nadie se conoce: la necesidad de recuperar espacios de silencio, pensamiento y autoconocimiento en medio de una época saturada de estímulos.
Tal vez conocerse a sí mismo empiece por eso: por apagar el ruido. No para huir del mundo, sino para escucharlo de otra manera. No para encerrarse en una burbuja de silencio, sino para distinguir entre lo que nos constituye y lo que simplemente nos interrumpe. Vivimos rodeados de voces, pantallas, expectativas, opiniones veloces y exigencias de rendimiento. A veces ya no sabemos si pensamos o si solo reaccionamos con cierta elegancia al escándalo.
Por eso valoro que una autoridad universitaria haya leído en la obra esa invitación. Porque Casi nadie se conoce no propone una fórmula de superación personal ni una receta para sentirse bien durante tres minutos y luego volver al mismo desorden. El libro intenta abrir una pregunta más incómoda: qué queda de nosotros cuando dejamos de obedecer el ruido exterior y nos atrevemos a mirar hacia adentro sin maquillaje, sin pose y sin consuelo prefabricado.
Una convocatoria abierta y estudiantes con atención real
Uno de los aspectos más importantes de la presentación fue la forma en que se convocó a los estudiantes. No hubo puntos extra, ni asistencia disfrazada de obligación, ni esa presión académica que a veces convierte la cultura en trámite. La invitación circuló por los medios institucionales de la universidad y quienes asistieron lo hicieron por voluntad propia.
Eso se notó.
Se notó en la atención sostenida, en el silencio activo, en la manera de seguir la exposición y, sobre todo, en las preguntas. Los estudiantes formularon intervenciones muy bien pensadas, no preguntas de compromiso ni comentarios para llenar el momento. Preguntaron desde una escucha real. Y cuando un estudiante pregunta así, uno entiende que la presentación no fue solamente un evento: fue una conversación que encontró interlocutores.
Para un autor, eso vale mucho. Quizá más que el aplauso. El aplauso cierra; una buena pregunta abre.
El recibimiento institucional y el cuidado de los detalles
Al final del evento recibí un reconocimiento que fue proyectado en una diapositiva. El detalle me pareció especialmente interesante porque no es lo más común en una presentación de libro, pero sí dialoga con el carácter de una universidad tecnológica: una institución donde la organización, la imagen, los recursos visuales y el protocolo se integran con naturalidad.
Ese gesto resumió muy bien el tono del encuentro. Hubo formalidad, pero también cercanía. Hubo estructura, pero no rigidez. Hubo presencia institucional, pero sin desplazar el sentido principal de la actividad: reunirnos alrededor de un libro y pensar juntos.
También debo reconocer la participación de docentes, invitados, personal de biblioteca, fotógrafos y asistentes que hicieron de la presentación un momento amplio, cuidado y memorable. La cantidad de cámaras y miradas pudo haber intimidado un poco —digamos que la formalidad universitaria a veces se comporta como un monstruo elegante—, pero también obligó a estar a la altura del espacio.
Entre la formalidad y la chispa
Mis amigos Mercedes Bautista e Iván Palma, así como Ariel Cob, me dijeron al final que mi participación había sido muy buena. Me hablaron de claridad, de presencia y de una explicación bien sostenida. Agradezco profundamente esa mirada, porque uno no siempre puede observarse con justicia mientras está hablando.
Sin embargo, también sé que pude ser mejor. La formalidad de la Universidad Tecnológica de Cancún, el recinto lleno, la presencia del rector a mi lado, la participación de docentes, los invitados externos y la gran cantidad de fotógrafos hicieron que mi desenvolvimiento fuera más pausado, más estructurado y quizá un poco menos chispeante de lo que a veces puedo ser.
No lo digo como queja. Al contrario. Cada espacio le pide algo distinto al autor. Hay lugares que piden soltura; otros piden precisión. Hay públicos que invitan al desborde; otros exigen arquitectura. En la UT Cancún, sentí que la presentación pedía orden, claridad y respeto por el marco institucional. Y respondí desde ahí.
Aun así, me queda la intuición de que la mejor versión de una ponencia no consiste solamente en explicar bien, sino en encontrar el punto exacto entre pensamiento, ritmo y presencia. Ese equilibrio es difícil. Como todo lo que vale la pena, no se entrega completo a la primera. Se trabaja.
Una de mis mejores presentaciones como autor
Con todo, considero que esta ha sido una de mis mejores presentaciones. No solo por mi propio desenvolvimiento, sino por el recibimiento que me brindó la Universidad Tecnológica de Cancún. La organización, la asistencia voluntaria de los estudiantes, la presencia de autoridades, la participación de invitados externos, el cuidado de Servicios Bibliotecarios y el registro público del evento hicieron que Casi nadie se conoce encontrara un escenario digno de su conversación central.
Un libro sobre el autoconocimiento necesita lectores atentos, no espectadores distraídos. Y esa tarde los tuvo.
Por eso quiero expresar mi reconocimiento a la Universidad Tecnológica de Cancún, a sus autoridades, a sus docentes, a sus estudiantes y, de manera muy especial, a Leyli Solís, cuya organización hizo posible una presentación tan cuidada. También agradezco a quienes me acompañaron desde el afecto, la amistad y la lectura: Mercedes Bautista, Iván Palma y Ariel Cob.
Presentar un libro es siempre una forma de exponerse. Uno lleva páginas, ideas, dudas, algunas certezas provisionales y esa extraña esperanza de que algo de lo dicho encuentre sitio en alguien más. En la UT Cancún sentí que eso ocurrió. Y cuando eso ocurre, la literatura deja de ser un objeto sobre la mesa y vuelve a ser lo que quizá nunca debió dejar de ser: una conversación humana, exigente y necesaria.
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Casi nadie se conoce es un libro de Alí Benítez sobre autoconocimiento, identidad, pensamiento crítico y las formas contemporáneas de vivir lejos de uno mismo. Esta presentación se realizó en la Universidad Tecnológica de Cancún, como parte de las actividades de diálogo académico, cultural y bibliotecario impulsadas por la institución.


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