Imagen tomada de Internet: La Casa del Faldón
Aquí habla Alí

Una puerta abierta en Casa del Faldón

El Centro Cultural Casa del Faldón me abrió las puertas de Querétaro gracias a la amable disposición de Lucía García, coordinadora del Fondo Editorial de la Secretaría de Cultura del Estado de Querétaro. Desde antes de mi llegada, su lectura atenta de Casi nadie se conoce —en una versión digital previa— permitió que la presentación tuviera un cauce especialmente generoso: no fue solo un acto protocolario, sino un verdadero espacio de conversación.

Querétaro es, sin duda, uno de mis lugares favoritos. Lo digo desde la sensibilidad térmica de un cancunense: su clima tiene una especie de equilibrio casi filosófico, como si la ciudad hubiera aprendido a no excederse ni en el calor ni en la prisa. Pero más allá del clima, Querétaro posee una historia nacional profunda y una vida cultural activa, visible, respirable. Uno camina por sus calles y siente que algo sigue ocurriendo: una memoria, una conversación, una forma de estar en el mundo.

Una ciudad que sabe escuchar

Durante la presentación de Casi nadie se conoce, confirmé algo que ya intuía: gran parte del público queretano tiene una disposición muy particular hacia la escucha. No era una atención automática ni complaciente, sino una atención pensante. Las preguntas, los comentarios y los silencios tenían el espesor de quien no solo asiste a un evento cultural, sino que realmente entra en diálogo con lo que se dice.

Para un libro que habla de introspección, distracción, conciencia y extrañeza frente a uno mismo, no pude pedir una recepción más afín. La participación de Lucía García ayudó a situar el libro desde una lectura sensible e inteligente, y eso permitió que Casi nadie se conoce encontrara una recepción abierta, lúcida y afectuosa. No siempre ocurre que un libro llegue a una ciudad y se sienta recibido no solo como objeto, sino como conversación posible.





Poetas, madrugada y nuevas rutas

Prácticamente todo lo que viví en esa ciudad fue grato. Tuve la fortuna de conocer a poetas notables como Javier Pacheco, Breebretado, Ramón Moreno y Anubis Navarro, además del cobijo generoso de Fernando Vega, promotor cultural espontáneo —de esos que no necesitan nombramiento para hacer comunidad—, y de su amiga, la fotógrafa Cindy Meza. En ellos encontré no solo hospitalidad, sino una forma de complicidad cultural que pocas veces se improvisa y, sin embargo, cuando ocurre, parece natural.




También debo dejar constancia de un hallazgo menor, pero no por eso irrelevante: 

en Querétaro la cerveza sabe mejor. 

Y aun mejor cuando se bebe después de una presentación literaria, entre poetas locales, con la conversación extendiéndose hasta la madrugada. Fernando Vega y los poetas queretanos lo saben bien: hay ciudades donde la cultura no termina al cerrar el recinto, sino que continúa en la mesa, en la risa, en la caminata nocturna, en esa rara confianza que a veces se forma entre desconocidos que hablan como si ya se hubieran leído antes.

De esta visita quedan gratitud, vínculos y algunas rutas abiertas. Tal vez pronto vengan nuevos proyectos en coordinación con Breebretado, ahora desde mi faceta poética. Por lo pronto, Querétaro queda en mi mapa personal como una ciudad donde la palabra todavía encuentra oído, noche y compañía.